Oda a una enfermera

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La poesía más bonita del mundo salió de mis dedos el día que te conocí, cuando en el autobús de donación de sangre me tomaste los datos, y después buscaste una vena en mi brazo para perforarla con una aguja estéril.

Sin palabras, solo con una sonrisa ya sabíamos mucho el uno del otro. Yo, que eras hermosa, que pese a tu juventud eras una mujer inquieta, centrada en tus estudios, en tu formación, y que poseías una gran dulzura. Tú supiste de mí que soy una buena persona, altruista, capaz de dar tan preciado líquido a quien lo necesite sin recibir nada a cambio, además de un chico de hábitos saludables que no fuma, no bebe, ni lleva tatuajes, y al que le gusta el zumo de naranja.

Al llegar a casa tuve que expresar aquella colección de sensaciones a través de rimas asonantes y consonantes, poniendo amor en cada estrofa, midiendo cada sílaba con el mimo con el que tú me dijiste que abriese y cerrase la mano para que ayudase a llenar pronto la bolsa con mi sangre. Ciento diecisiete palabras empleé, según decía el ordenador.

Escribir aquella oda a una enfermera me llenó tanto, que volví al autobús de donación. Me dijeron que no podrías sacarme más, al menos, hasta dentro de unos meses, y yo te necesitaba como fuente de inspiración. Si la poesía te llama y te pide que rellenes hojas y hojas con sentimientos, con emociones, nada se puede hacer. Es curioso, yo jamás había escrito, de pequeño ni siquiera lograba hacer una buena redacción sobre mis vacaciones cuando la profesora de lengua lo pedía; la poesía siempre me pareció una mariconada, ahora sé que tenías que llegar tú para descubrírmela.

Por eso te esperé, por eso estás aquí, atada a la cama. Mas algo falla, no sé qué es. Quizás verte con ropa de calle y no con uniforme, que tu pelo esté así por culpa del forcejeo, o que la ceja tenga sangre reseca a causa del puñetazo que te propiné…, no sé, pero algo me descuadra y no logro escribir nada más, ¡con lo que me inspiraste la primera vez!

Estaba convencido de que teniéndote cerca mis dedos cogerían la libreta y el bolígrafo, y de manera casi automática escribiría otro poema, no sé, de amor, de amistad, de sangre… pero no me ayudas.

Debes estar cansada, igual que yo. A mí me están dando calambres en la espalda y en los brazos. Tienes que comer algo, pero siempre que te pregunto ni me miras; puedes hablar sin miedo, te he quitado la mordaza. No creo que estar seis días sin comer, sin moverte, sea bueno. Lo mismo por eso te estás poniendo así, como verde. Pero aquí el profesional de la salud no soy yo, yo solo soy el poeta, el artista, el creador. Mientras te decides, voy a abrir las ventanas a ver si se va un poco este mal olor, y después seguiré aquí, mirándote, esperando a que me ilumines para escribir mi segundo poema.

Por Mike Medianoche
Ilustración de Jesús Azuaga

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