Rutina

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No lo vio venir. No fue capaz de interpretar los gestos, los signos, las palabras. Nunca pensó que algo así pudiera sucederle a ella, pero ahora que las imágenes acudían a su mente, lo comprendió todo y se sintió aún más estúpida.

En la penumbra de la cocina, cuando por fin se encontró sola, intentó poner en orden sus pensamientos.
Cerró los ojos para concentrarse y ese gesto desató un intenso dolor. No había querido mirarse en el espejo. Se levantó para hacerlo y la punzada del costado la obligó a sentarse. Repitió la operación, esta vez con movimientos lentos.
Llegó por fin y se observó. Era peor de lo que imaginaba. Volvió sobre sus pasos y sentada de nuevo sorbió el café, muy despacio porque el labio superior estaba roto.
El día anterior no tuvo nada de especial, nada que la pusiera sobre aviso. Un día como tantos otros, con sus rutinas domésticas: preparar el desayuno, vestir a los niños, llevarlos al colegio.
Volvió y él aún dormía. Se alegró. Tenía tiempo suficiente para preparar su desayuno y tenerlo a punto cuando se levantara. Apenas hablaron mientras lo tomaban, le gustaba leer la prensa sin que le molestaran, ella lo sabía bien. También sabía que la camisa tenía que estar impecable y se había esmerado. Se sentía satisfecha.
Cuando le oyó regresar por la noche hizo callar a los niños, llegaba cansado del trabajo y no quería ser importunado. Lo logró, se hizo el silencio y cenaron. Se quejó de que la sopa estaba fría, pero aunque se sintió decepcionada, no lo demostró. Casi había pasado el día y la inquietud empezaba a disiparse.
Acostó a sus hijos sin hacer ruido, recogió la cocina. Estaba agotada.
Entró en el dormitorio y muy despacio, se desvistió. A oscuras, para no despertarle.
En ese momento él se volvió y encendió la luz. Se levantó y ella comenzó a temblar. Sabía lo que vendría después. Se quedó quieta, como siempre hacía.
No escuchó lo que le dijo, en esos momentos solo le miraba y esperaba a que dejara de hablar; sin interrumpirle, para que no gritara más. Nunca duraba demasiado.
Al sentir el primer golpe no reaccionó, no lo hizo hasta que fueron más, muchos más. Fue entonces cuando se sintió estúpida, estúpida por no haber prestado la suficiente atención a sus palabras y así poder corregir mañana aquello que, sin duda, ese día también había hecho mal.

Por Gemma Seller
Collage de Adrián Escribano

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