Romeo y Julieta

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El sótano llevaba años cerrado. Cuando aquel hombre con quien de niña jugaba al escondite me propusó volver a abrir la caja de Pandora, me dejé convencer con una mirada. La cerradura oxidada cedió después de media hora, y subió en mi vientre un olor a pasado, húmedo y amargo. Los escalones que antes contabamos, saltando como en un juego, crujían bajo nuestros pasos. Después de veinte años, el paraíso había sido abandonado a criaturas apartadas del mundo; las arañas tejían sus telas, la carcoma devoraba por dentro las vigas del techo. Sacamos las linternas para recorrer aquel lugar que conocíamos de memoria. A la derecha estaba pudriendose el colchón donde nos tumbábamos con las galletas de la abuela, el vaso de leche y los libros robados de su biblioteca. Ella lo sabía, pero nunca nos acusó, le reprocharon esa benevolencia cuando salió a la luz aquella historia.

Aquí seguíamos a Alicia en el país de las maravillas, huimos de nuestros padres con Algunos muchachos y un puñado de billetes en el bolsillo, y nos réimos con la Historia de una gaviota y del gato que la enseñó a volar.

Los años pasaron sin darnos cuenta, intercambiando Lewis Carroll por Shakespeare, Ana Maria Matute por Corneille, Sepúlveda por Emily Brontë. Soñamos despiertos con amores inesperados, inmortales mientras nuestros cuerpos se morían de hambre, tendidos el uno al lado del otro sin atreverse.

El mes de agosto siempre llegaba a su fin antes de tiempo, dejando la última novela inacabada y miles de proyectos en el aire. Nos prometíamos volver a empezarlo todo al año siguiente, jurando fidelidad eterna a la literatura. El verano que cumplimos los diesisiete, todo cambió.

Una tarde cayó en nuestras manos un libro de poemas. Era cosa de la abuela, supusimos. La gente del pueblo podía llamarla loca por almacenar decenas de barriles y alambiques con los que se empeñaba en crear licores con cualquier tipo de cosas. Incluso habíamos encontrado un trozo de traje antiguo y una flor amarillenta bañandose en un liquído espeso y rosa; pero de tonta, no tenía un pelo. Se había enterado de lo nuestro antes que nosotros, y nos observaba de reojo adentrándose en la época olvidada de sus recuerdos.

Los Cien poemas de amor de Pablo Neruda, tenía anotaciones escritas por dos jóvenes. Desde el principio, nos respondieron como en un diálogo silencioso a través de las páginas que ibamos pasando. Su pasión por la literatura era la nuestra; los sentimientos borrosos entre ellos se iban haciendo más claros, como los nuestros. Llegó el momento en el que las dos escrituras ya eran una sola, y nuestros cuerpos despertaron de aquel letargo guiados por las palabras entrelazadas de la abuela y su amante. Aquel verano contuvo todas las estaciones, y la unión prohibida de dos primos que se encerraban en el sótano para esconderse de las normas del mundo.

Ahora tenemos en nuestras manos las últimas volundades de la abuela. Hacía veinte años desde aquella tarde en la que nuestros padres nos arrancaron del paraíso al enterarse de que crecía un niño en mi vientre. Me obligaron a abandonarlo a un destino mejor, eso decían. Nunca habíamos vuelto a vernos, ni a la abuela, hasta que nos legó su casa con una serie de indicaciones sobre lo que contenían los barriles, espectadores de nuestra juventud. Mi antiguo amante se acercó a aquel del licor rosa y espeso. Mientras sacaba dos vasos, miraba el colchón de los amores perdidos. Nos sentimos Romeo y Julieta al tragar el veneno heredado de la abuela.

 

Por Nathalie Warlop

 

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