Reencuentro

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Comprobé que no se movía, y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a la felicidad.

Todo sucedió de forma casual. Aquel bar me gustaba, solía ir allí cuando me encontraba sola. Así que en los últimos tiempos lo frecuentaba a menudo. Mi sitio estaba al lado del ventanal. Me sentaba con un café y veía pasar a la gente. A veces leía un rato. Siempre llevaba un libro, nunca el mismo.

Esa tarde me encontraba especialmente inquieta, llovía a cántaros. Uno de esos días en los que mi estancia en aquel café se prolongaba más de lo habitual.

Me iba ya cuando le ví. Corría desde la otra acera para refugiarse en el café. No lo había vuelto a ver desde entonces, pero no necesité más de un segundo para reconocerlo.

El corazón me empezó a latir con fuerza. Tan rápido, que creí que me iba a fallar. Apenas podía respirar. Era él. No tenía ninguna duda.

Se situó en una mesa cercana y se quitó el abrigo empapado, antes de sentarse. Luego pidió un café.

No me había reconocido, era evidente. Me miró y sonrió, como disculpándose. Le devolví la sonrisa. Y me quedé allí, sin poder moverme, sin poder pensar.

Cuando me calmé lo pude contemplar con detenimiento. Cómo olvidar aquella cara, esas facciones tan duras.

Consciente de ser observado, volvió a mirarme con esa sonrisa perfecta. Me estremecí.

Debió de interpretarlo como un signo de interés por mi parte, porque se levantó y se acercó a mi mesa. Cuando me preguntó si podía compartirla conmigo, yo apenas podía articular palabra. Instintivamente, metí la mano en el bolso abierto y comprobé que seguía allí.

Habló de naderías y mantuvimos algo parecido a una conversación durante un tiempo que me pareció eterno. Solo esperaba el momento en que se decidiese a proponerme algo.

Al fin lo hizo. Quizá me apeteciera ir a su casa a escuchar ese disco del que me había estado hablando. Dije que sí a la primera. Nunca debió de obtener algo tan fácil.

No vivía lejos, apenas unas manzanas separaban su casa del café. Entramos en el portal y el corazón me volvió a latir muy deprisa, pero logré controlarme. Cuando entramos en su apartamento me sentía casi tranquila.

Era un piso de soltero sin pretensiones, un poco chabacano, aunque sin estridencias. Ya en el salón me ofreció una copa. No podía ser más previsible. Me senté y puso la jodida música. Entonces él se sentó. Al principio en el otro extremo del sofá, pero pronto lo tuve justo al lado, enseñándome el libro que complementaba su tesoro musical.

Me puso la mano en la pierna, descuidadamente. No lo rechacé. Al poco pretexté tener que ir al baño. Tenía las manos empapadas de tanto sudar. Las sequé y tiré de la cadena.

Cuando salí no se había movido del sitio. Allí estaba, con una mueca que pretendía ser de extrema concentración en la música.

Volví a su lado y antes de que pudiera reaccionar, saqué el cuchillo y se lo clavé en el cuello. La sangre comenzó a brotar como si fuera un surtidor. Aún reaccionó e intentó abalanzarse sobre mí. Yo tenía el cuchillo en la mano. Esta vez entró limpiamente en el ojo derecho. Otro acierto. Mientras se desplomaba, veía cómo se formaban pequeñas burbujas en su boca. El sonido de los estertores  de su garganta me recordó a una cañería. Seguí mirándolo mientras se desangraba, hasta que dejó de moverse.

Entonces me sentí en paz por primera vez, desde aquel lejano día en el que me violó.

Por Gemma Seller
Fotografía de Catarina Nico

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