Llamadas

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El impertinente tono escogido para sacar a cualquiera de la calma irrumpió esa noche. Estaba dispuesta a relajarme un rato leyendo antes de acostarme cuando sonó el teléfono. Recelosa pulsé el botón descolgar del aparato. Una voz femenina e impersonal planteó la pregunta: ¿Dónde está Rosi? A continuación un pitido y silencio. Pasé de la sorpresa a la molestia. A partir de la una de la madrugada no es hora de llamar a nadie. Ni sabía quién era, ni a santo de qué dejaba esa pesquisa en el aire. De modo que esta vez pulsé el botón colgar para dejarlo en el olvido. El teléfono podía ser un suplicio.

A dos o tres páginas avanzadas donde el asesino estaba por cobrarse una nueva víctima, ingresó en la quietud del salón el imperioso timbre, embolsándose un sobresalto por mi parte. Esta vez algo más precavida me incorporé y respondí a la llamada. ¿Dónde está Rosi? Interpeló la mujer, como distante, dejando el pitido en el aire. En trémula respuesta acerté a decir que se había confundido. Colgué. El desasosiego me invadió.

En la fracción de tiempo para ir hasta la cocina y preparar algo con lo que acompañar la incertidumbre, seguía consternada. Quería espantar inquietudes y tras una rápida ojeada, herví agua, introduje la infusión que cubriese reposo, ambienté de música el espacio y regresé al sofá. Dos sorbos del brebaje y el resto del líquido se quedó helado y sin tomar con el soniquete de otra llamada. No lo cogería, no era para mí y no estaba dispuesta a más numeritos. Ante la ausencia de respuesta, no hubo un tercer llamamiento.

En escasa media hora llegó mi marido. Pude escuchar sus pasos lentos y precavidos. A los pocos minutos el fondo televisivo de la teletienda lo acompañaba. Bajé de la primera planta y desde el último tramo de la escalera observé que tomaba el inalámbrico. Realizó una llamada, alcancé a escuchar tres palabras: en la caseta y el cuelgue consiguiente. Segundos después el timbrazo del teléfono volvió a clamar. Respondía diciendo que todo estaba en orden, no había de qué preocuparse, al día siguiente esperaría la llegada de los técnicos de la alarma antirrobo.

Enojada ante semejante panorama salí al jardín y fui hasta la parte trasera de la casa. Un enorme dogo francés observaba. Confiada acaricié aquel manso ejemplar. Pendía de su collar una chapa con el nombre de Rosi. Puede que por fidelidad, por reconocimiento o simplemente porque no todos los perros se parecen a sus dueños, me guió hasta detrás de la caseta, me contempló y procedió a patalear la superficie del terreno. Justo donde se había quedado mi pendiente de plata, mi colgante de ámbar y la pulsera dorada con el nombre de Rosaura, lugar donde a mi esposo se le ocurrió esconderme para que nadie me encontrara. No era un justo final para mi descanso, me tocaba hacer unas llamadas.

 

Por María Luisa Ríos

 

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