En la oscuridad

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La muerte de mi mujer ha afectado más a mi hijo pequeño. Nos ha afligido a todos de manera diferente. Reconozco que los primeros meses el dolor me hizo descuidarlos. A ellos, que son los más vulnerables. Mi suegra me sigue reprochado que entonces desapareciera, que me quitara de en medio y no quisiera saber nada de nadie. Durante ese tiempo se los llevó a su casa. Allí el niño ya tenía terrores nocturnos. El psicólogo empezó a tratarnos a los tres. Decía que era un proceso normal de aceptación, que en los sueños se liberan nuestros miedos.

Cuando volvieron conmigo, tenía especial cuidado al acostarlo. Le leía un cuento, lo abrazaba, miraba debajo de la cama, detrás de las cortinas, dentro del armario, y dejaba una lamparita encendida.

Había noches en las que se despertaba gritando, empapado en sudor y aterrado. Entonces me quedaba a dormir con él. Lo notaba entre mis brazos con la respiración acelerada, tan vulnerable que me destrozaba el corazón.

Ahora tiene nueve años y he seguido repitiendo el proceso cada noche. Leemos un libro, reviso la habitación, le doy un beso y me quedo un rato hasta que se tranquiliza.

El otro día le dijo al psicólogo que su madre duerme debajo de su cama. Me lo comentó preocupado, porque el niño ya es mayor y no sabía cómo tomárselo. Opina que la imaginación infantil es algo que debería haber quedado atrás hace tiempo. Me insistió en que habláramos del tema, porque eso le ayudaría a aceptar un hecho que, parece ser, todavía no ha superado.

En un principio no le di importancia, hasta que anoche le pregunté directamente. Me respondió que sí, que duerme debajo de su cama.

—No es posible, porque yo mismo lo compruebo a diario —le insistí intentando que entrara en razón.

—Solo se ve con la luz apagada —contestó.

Nos quedamos a oscuras. Quería demostrarle que no había nada que temer. Me agaché lentamente levantando el nórdico. En la negrura me pareció ver unos ojos brillantes y una mano que intentaba tocarme. Me puse de pie de un salto y encendí la lámpara.

—Ha venido para cuidar de mí por las noches —dijo.

No se lo he contado a nadie. No me creerían. Lo curioso es que ha dejado de tener pesadillas. Ahora soy yo quien duerme con la luz encendida. Me ha empezado a dar miedo la oscuridad.

 

Por Rosa Acosta
Fotografía de Martín rojas Tomba

 

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