El vuelo de las náyades

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Las hojas caídas hacían una buena tumba. Noté la humedad y el aire embadurnando mi cuerpo. Le dije adiós a mi casa, a mis hermanos, a mi futuro. El sol se ponía y yo, habiendo cumplido mi sino, me dejé llevar por las últimas luces del ocaso.

Supe que iba a morir el quinto día que pasé junto al manzano. Se notaba en el aire que era inminente. Con la caída de las primeras flores también algunos de los nuestros ya habían desaparecido. “Han ido con los ángeles”, decían. Apenas habían empezado a vivir y ya debían marcharse. Se quedaban quietos durante días, mirando al cielo hasta que llegaba la noche y los demás nos íbamos a dormir. Al cabo de un tiempo, aquellas estatuas dejaban de mirar la luz del sol y desaparecían sin que nadie volviera a verlas.

Una mañana me desperté en la hojarasca, no me lo pensé dos veces antes de trepar hasta el manzano y erguir todo mi cuerpo hacia el cielo. Era necesario, no sabía por qué, pero lo era. En seguida me di cuenta de que acabaría desapareciendo de un momento a otro. Aquella idea me aterrorizaba, nunca había pensado en mí como en algo que pudiera irse de este mundo sin más. Mi vida debía ser eterna, no conocía otra cosa. El cuerpo empezó a temblarme, yo quería irme de allí, pero mis extremidades ya no me respondían. Si aquello era cosa de algún dios, me había sometido a su merced.

Al anochecer me quedé sola y fue entonces cuando algo me instó a trepar más arriba. Encontré un pequeño hueco en una rama. Me iba con los ángeles. Sin pensarlo, me erguí todo lo que pude, miré a la luna por última vez y abandoné mi mente antes de dejarme caer al vacío.

No recuerdo cuánto tiempo estuve allí encerrada. Algo me acariciaba y me contraía las entrañas al mismo tiempo, aunque no dolía tanto como me imaginé. Tenía que salir y la única forma era rompiendo aquella cáscara que me oprimía el cuerpo. Abrí las fibras con cuidado y avancé hasta que la luz me cegó por completo. Las hojas del manzano seguían igual, pero en cuanto levanté la cabeza pude ver que de las ramas colgaban cientos de ángeles con las alas extendidas hacia el sol. Busqué a mis hermanos, pero no los encontré por ninguna parte. Quizá aquellas criaturas se los habían comido. Entonces giré la cabeza hacia mi tórax y las vi, dos grandes alas de un azul intenso, plegadas sobre mi cuerpo, que intentaban abrirse al día. Con cuidado, las desplegué y dejé que se secaran hasta que pude moverlas como abanicos de seda.

Todos alzaron el vuelo al mismo tiempo. Los seguí. El aire acariciaba mis antenas mientras me balanceaba en el vacío; saboreé todos los olores, comí de las flores húmedas de las grosellas, toqué cada pétalo como si fuera la primera vez. Algunos de los otros empezaron a seguirme mientras agitaban las antenas de forma tímida. Los ignoré, pero uno se quedó haciéndome compañía. Compartimos un vuelo hasta que nuestros caminos se separaron. Solo en ese momento volví al árbol donde había empezado todo y coloqué mis huevos con cuidado bajo las hojas. Algún día mis pequeños verían la luz por primera vez y morirían igual que lo hice yo, pero no me quedé a contemplar ese momento. Me fui de allí con la esperanza de visitar otros lugares, de vivir las maravillas que me había perdido siendo una pobre larva. Quería verlo todo y nada iba a impedírmelo. Yo era eterna.

Fue entonces cuando me encontré con un monstruo. El golpe fue tan inesperado que no pude esquivarlo. Caí al suelo, inmóvil, mientras un líquido viscoso salía de mi abdomen. Quise creer que era otro de esos trucos de la vida, no se puede morir dos veces. Pero al ver aquella figura, preparada para dar el golpe de gracia en cualquier momento, me di cuenta de que los ángeles no viven para siempre.

 

Por Isabel Benítez

Fotografía de Pablo Lavado

 

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