Mi Aleksei está tocando la balalaika

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Desde pequeño ha tenido habilidad para la música. Me acuerdo de cuando era un niño y le oía silbar en la época de siega, al pasar bajo la ventana de mi casa. Puede que fuera entonces cuando me fijé en él. O los domingos en la iglesia; su voz destacaba por encima de las demás. Aunque creo recordar que el verdadero amor empezó aquella primavera en que la nieve tardía arrasó toda la cosecha. Yo andaría sobre los doce, aunque nunca he llevado muy bien la cuenta. El hambre y el frío acabaron con muchos, también con mi hermano pequeño y con la madre de mi Aleksei, mi Aliosha, como le llamo yo. Nos reuníamos todos en la iglesia durante aquellas interminables noches, para intentar juntar el poco calor que quedaba en nuestros cuerpos. Hasta en esas tremendas circunstancias, cuando mi Aliosha rasgaba las cuerdas de la balalaika de su abuelo, una caricia de alivio recorría nuestras almas, y su voz calentaba mi corazón más que cualquier lumbre lo hubiera hecho nunca.

El próximo domingo nos casamos. Sé que nuestra vida de mujiks será igual de miserable que la de nuestros padres y la de nuestros abuelos. Igual que lo será la de nuestros hijos. A pesar de todo, cuando mi Aliosha tañe el viejo instrumento, se agitan en mi estómago unas mariposas muy diferentes a las del hambre.

Últimamente sale mucho con ese hombre extraño que ha venido de la ciudad y anda revolviendo a la gente en la taberna. Va a buscarlo casi todas las noches, y aunque a la mañana siguiente me cuenta que están tratando de encontrar una nueva forma de cultivar el centeno, sé que me miente. Llega tarde, y por la mañana murmura frases extrañas y está de un humor exaltado. A veces me levanta por la cintura y me gira en el aire diciéndome que todo va a cambiar. Que nuestros hijos no van a vivir como nosotros, que podrán comer carne una vez por semana, y que incluso, aprenderán a leer y escribir. No le respondo, pero pienso que ya dijeron lo mismo cuando dejamos de ser siervos. Yo no entiendo de casi nada, si acaso, de cómo tejer una tela de forma que se pueda zurcir más veces sin que se rompa, o de cómo cocinar una col para que parezca diferente cada día de la semana. Pero aunque sea una ignorante, sé que por mucho que diga mi Aliosha, las cosas para nosotros, no cambiarán nunca.

Por Cristina Puente
Ilustración de Christian Luqe

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