Toby

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La gente tiende a no creerme pero todo fue real, otra cosa es en lo que ustedes se hayan empeñado.

Yo era un niño despierto, de esos a los que la maestra tilda de inteligentes aunque entorpeciera en clase. Boicoteaba los cuentos, dibujaba árboles cuyos frutos eran los planetas del sistema solar; si me preguntaban por mi familia, defendía con uñas y dientes proceder de una estirpe de extraterrestres. La señorita dictaminó que se trataba de un exceso de fantasía, con la marcha de papá lo llamaron de otro modo.

Toby llegó después de mi noveno cumpleaños. Era un perrito de aguas blanco y bonachón. Mamá solía pasar despreocupada a su lado cuando recogía mi cuarto. Se alojaba en el cesto de la colada. Allí fue donde lo encontré por primera vez pero no dije nada, me limité a rascarle detrás de las orejas, en casa no querían animales y entendí que era nuestro secreto.

La culpa fue mía, quizá no debí intentar que los demás reparasen en su existencia. Seguramente ellos hubieran descansado y hoy tendría padre, o no. La vida da muchas vueltas. Pero no fue así, la realidad es que lo conté en el colegio. Así que mis padres tras una tutoría escolar me aclararon las consecuencias de echar mentiras, pero yo insistí erre que erre y papá se violentó, dale que dale con que era un mentiroso. Llegué a oírlo hablar con mamá sobre que yo estaba perdiendo la cabeza y que no podían consentirlo. Fue entonces que Toby empezó a gruñir cuando papá venía a arroparme.

La noche en que no pude dormir me levanté a lanzar pelotas. El leve gruñido de Toby debió alertarlo. Papá encendió la luz. “He dicho que a dormir”. Me quedé inmóvil, no esperaba verlo allí plantado. Sumiso volví a la cama. Intenté explicarle que no era yo, que a Toby le daban miedo las tormentas, que se aproximaba una. Papá retiró el flequillo de mi frente y dijo que estaba destemplado. Mientras estiraba la funda nórdica hasta alcanzar mi barbilla, susurró que nada de perros. Repliqué que ya era tarde, Toby estaba allí: “Allí, ¿dónde?”, preguntó. Levanté la mano y señalé el cesto de paja. Entonces insistió. “¿Aquí dentro?”. Asentí y tragué saliva. Elevó la tapa. Excitado quise mirar la cara de mi padre pero no pude retenerla, era como si le hubiesen borrado cualquier expresión. Me dijo que nunca volviese a mentirle. Entonces empecé a gritar. Toby estaba ahí, estaba ahí y él quería engañarme. Fui hasta el cesto y lo volqué, la camiseta y el pantalón de aquella tarde se desparramaron por el suelo mientras rodaban un par de calcetines. Papá me tomó de un puñado y volvió a meterme en la cama. Entonces comenzaron los ladridos. Toby se lanzó sobre él haciendo jirones su pijama, arrancando a dentelladas trocitos de carne. Mi padre, sorprendido, adoptó una postura de cachorro indefenso. Pese a ello, Toby continuó despedazando a mordiscos su cuello, formando sobre el suelo un enorme charco de sangre. Cerré los ojos con fuerza, tanta, que cuando volví a abrirlos ninguno estaba allí.

Un sabor metálico me inunda la boca al recordarlo. Papá se fue, pero Toby se quedó para cuidarnos, por eso lo he traído. En esta nueva institución necesitamos un perro ¿no creen?

 

Por María Luisa Ríos

Ilustración de Cristina Sáenz de Maturana

 

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