Un cuento infantil

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Faram y Jazzel vivían felices en el Gran Bosque. Disfrutaban de la belleza y diversidad de un lugar único, donde nunca les iba a faltar de nada. El agua discurría por los valles, dibujando una larga serpiente rodeada de frondosas galerías verdes. Los pájaros entonaban una melodía que inundaba las copas de las choperas altas y plateadas. Había paz.

Faram y Jazzel iban todos los días a buscar comida, excepto cuando ya habían acumulado en los días anteriores. El Gran Bosque tenía zonas de nieves perpetuas donde guardar alimentos durante meses; sin duda, una buena despensa. Pero no solo ellos vivían en aquel idílico lugar; el grupo de Faram y Jazzel compartía la zona con otros animales, con otras formas de vida. La convivencia no era muy difícil, a veces un poco tensa, pero se conseguía mantener un equilibrio, un respeto.

Un día empezó a torcerse todo. Un nuevo poblado se asentó al sur del Gran Bosque. Algo les había atraído hasta allí, no se sabía qué.

Una tarde Faram descubrió una mina abierta. Los forasteros se habían acercado a las tierras del Gran Bosque para extraer mineral. Buscaban piedras oscuras y brillantes. A nadie se le ocurre hacer agujeros en la tierra para sacar pedruscos negros; solo a esas criaturas extrañas.

Poco a poco les fueron quitando el suelo antes lleno de vegetación; ahora seco, amarillento y repleto de agujeros (minas para ellos). Muchos de los animales que se refugiaban en esos oasis verdes, ahora tenían que huir lejos para encontrar refugio y comida. Los forasteros estaban acabando, con propósitos o sin ellos, con el hogar del Gran Bosque. Primero desaparecieron los animales más pequeños, lo cual ejercía un efecto negativo sobre los demás elementos de la cadena, extendiéndose así la mala fortuna a toda criatura viviente.

Pasaron los años y el grupo de Faram y Jazzel, también se vio afectado como parte de la misma cadena que eran. Primero fueron las minas, después empezaron a lanzar unos proyectiles veloces sobre los animales. Mataban a cualquier ser vivo que les apetecía, sin guardar ninguna relación con su necesidad de alimento.

Faram sintió que era un poco tarde; estaba acorralado. En el Gran Bosque solo quedaban Jazzel, la futura madre de sus pequeños y él. Faram tenía hambre y estaba enfurecido. Era hora de atacar. Ya no le importaba el tipo de carne, agria o dulce, blanda o dura. Un día, escuchó el sonido de una niña cantando. Observó a la pequeña; tan solo se trataba de un cachorro con caperuza roja, se la veía inocente, dulce, y muy apetecible. Después de tanto calvario, era capaz de comer cualquier cosa. La divisó desde el otro lado de un aliso y la siguió sigilosamente. Vio entonces cómo se dirigía a una casa, y tras asegurarse de que no le seguía ningún cazador, entró y acorraló a dos de esas miserables criaturas que habían llegado a importunar al Gran Bosque. En aquella casa había una mujer mayor sobre una cama, y una niña que no paraba de moverse intentando huir. Faram agarró a la pequeña con su pata delantera, fue directo a su blanco y suave cuello. No era la mejor carne que había probado, pero su hambriento estómago le invitó a continuar con la mujer mayor que yacía inmóvil sobre la cama. Tenía bastante por ahora. Se dispuso entonces a cargar con los restos de sus presas hasta las nieves perpetuas, dejando así reservas para Jazzel. Mientras las arrastraba por el camino a las nieves, sintió un par de pasos tras él. Se volvió temeroso, pero ya era demasiado tarde. Un proyectil acababa con el último lobo del Gran Bosque.

Por Carmen Segura
Ilustración de Ikus

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