En riguroso orden

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Abre el primer cajón de la mesita de noche, saca el calcetín y cuenta las balas: cinco; ni una más, ni una menos. Todas tienen dueño, piensa. En el último está la pistola, la coge con mimo, se recrea con su visión y la vuelve a dejar en su sitio; la guarda entre pañuelos, como si lo hiciera entre algodones. No quiere adelantar acontecimientos y por eso no está cargada, pero lo tiene todo planeado, incluso ha grabado un numerito en cada bala.

 

Por la mañana se levanta y conecta lo único que le queda de su matrimonio, esa máquina que venera y que le proporciona el mejor brebaje inventado por el hombre. A los pocos minutos el olor a café inunda el cuartucho donde malvive y, por un momento, se traslada a otro lugar y a esa época en la que podía respirar sin la sensación de que le hubieran pateado el pecho. Lo agradable dura poco. Se sienta delante del ordenador con la taza humeante, realiza un par de inspiraciones profundas y se dispone a introducir las últimas correcciones dadas por su editor y que distorsionan aún más su obra. El perro del vecino comienza a dar por saco; parece que lo huele, cuando más tranquilidad necesita allá va él. Por eso la primera bala es suya. Lo saca de quicio ese puto bicho, que ladra sin motivo, ininterrumpidamente, a deshora, en agudo, como para joder más.

Intenta concentrarse en la tarea, pero la vista se le va al montón de cartas que acumula en el otro lado de la mesa: avisos de impagos, amenazas del banco… La segunda bala es para el cartero, ese cabrón que solo le trae facturas y que parece jactarse de ello.

La siguiente, lo tiene claro, para su editor: es la tercera vez que le echa el libro para atrás, así que para él la número 3. Ha incluido tantas modificaciones que nada tiene que ver con lo que había escrito; ya no se identifica con lo que creía suyo. Piensa que así es como se deben de sentir las rameras cuando venden su cuerpo.

 

Las divagaciones traen la hora del almuerzo: algo precocinado, siete minutos en el microondas y listo. Hace tiempo que dejó de esmerarse, total, todo le sabe igual, a bazofia; podría masticar goma espuma y no vería la diferencia. Su ex se llevó consigo su paladar, todos sus ahorros, el brillo de los ojos y las ganas de vivir. Para ella es la cuarta bala.

La quinta y última es para él, porque… ¿para qué seguir? Aún no ha decidido cuándo, pero el día está cerca, lo presiente. Le ayuda notar el frío del acero en sus manos y contemplar la pistola antes de irse a dormir cada noche.

 

Cuando ya ha oscurecido, sale a correr. No le gusta que le vean, pero después de todo el día encerrado, las paredes parecen engullirle y es la única forma de librarse de ellas. Al volver, se ducha, se prepara una sopa de sobre y pasa la mirada por la tele sin encontrar nada que le motive.

Decide acostarse y comienza su ritual. Saca el calcetín y cuenta las balas: una, dos, tres, ¿cuatro…? ¡No puede ser, falta la número 5! Rebusca en el cajón sin suerte. Abre el último y la pistola no está. Un escalofrío le recorre la espalda.

El silencio de la noche lo quebranta un disparo; el perro del vecino empieza a ladrar y a lo lejos se oyen sirenas.

 

A la mañana siguiente en todos los periódicos se repite el mismo titular: «Matan de un disparo a un conocido escritor».

 

Por Laura Morejón

Fotografía de Catarina Nico

 

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